Cómo narrar una vida: Leila Guerriero presentó su biografía de Bruno Gelber en diálogo con Pedro Mairal

Leila Guerriero y Pedro Mairal (Foto: Sebastián Lidijover)
Leila Guerriero y Pedro Mairal (Foto: Sebastián Lidijover)

A las siete de la tarde ya es de noche. No es invierno, pero casi. Arriba, el cielo se volvió morado: un descanso breve y a seguir lloviendo. Abajo, en la librería Eterna Cadencia, pleno Palermo, se presenta el aclamado libro de Leila Guerriero: Opus Gelber. Retrato de un pianista.

El patio está tan lleno que bien vale la metáfora de no cabe un alma. El techo de vidrio hace que nadie se moje. Secos, entonces, están Martín Kohan —de ropa deportiva, obvio—, Cecilia Szperling, Lala Toutonian, Franco Torchia, Margarita García Robayo, Ignacio Iraola —porrón de cerveza en mano—, Ana Wajszczuk, Carola Birgin, Gabriela Saidón, Florencia Ure, Paula Pérez Alonso, Diego Erlan y los fotógrafos Ale López y Dani Yako. Una porción notable del mundo literario argentino. Junto a Leila, de frente al público, Pedro Mairal, su entrevistador ocasional.

Este libro, el décimo de su carrera, es una larga crónica del año en que se reunió con el destacado pianista argentino Bruno Gelber, entre marzo de 2017 y marzo de 2018. Allí, en esas páginas trabajadas con exquisitez y sudor, lo describe así: «Un victoriano en el siglo XXI. Un gentilhombre en la urbe hiperconectada. No está de acuerdo con el matrimonio igualitario -la unión civil le parece suficiente- ni con la adopción para parejas homoparentales. Reprueba que las personas del mismo sexo se besen en público, y lo incomoda la marcha del orgullo gay: ‘Haber pasado de la vergüenza al exhibicionismo…, qué sé yo'». De alguna forma, lo que hace esta narradora argentina nacida en 1967 es tratar de fotografiar con palabras al humano detrás del genio.

«Me fascinó su dimensión espiritual», dice ahora, con la boca cerca del micrófono. Y cuenta anécdotas, cosas que tal vez no estén en el libro, pero que bien podrían estarlo: «Bruno es un prodigio, un fuera de norma. Está fuera de los parámetros habituales. Pero tiene otras cosas. Un día me mandó un mensaje a las dos de la mañana que me había visto en la tele, en el programa de Osvaldo Quiroga, no sé. Que decía: ‘Saliste estupenda, pero tendrías que ponerte una gotita de botox acá’. Tiene esas cosas». Y agrega sin tanta ironía como parece: «Su grado de demanda era enorme. Fui también su esclava».

«Si con cada libro que uno escribe sobre otra persona está hablando también de uno mismo —le dice Pedro Mairal—, ¿qué querías decir de vos al hablar sobre Bruno Gelber? «Bueno, hay muchos temas que me perturban el hecho creativo. Había muchas cosas que me interesaban de Bruno», comienza Leila y se larga a enumerar:

«Cómo se gestiona una vida que puede volverse lacerante».

«La soledad de los viajes. Cerrás la valija en el hotel y hace tuck. Ese es el sonido de la soledad».

«El miedo a perder el don, el temor a la pérdida del entusiasmo».

«Su disciplina, su entrega. Todo eso me arrebató. Bruno es un incendio, es una catedral de música».

“Opus Gelber. Retrato de un pianista”, de Leila Guerriero
“Opus Gelber. Retrato de un pianista”, de Leila Guerriero

Mairal le comenta que en sus otros libros —por nombrar algunos: Los suicidas del fin del mundo, Plano americano y Zona de obras— tiende a invisibilizarse, a ocultarse como autora, «pero acá Bruno no te deja». «Es un juego bastante perturbador y perverso, y por ende lindo», responde ella. «Bruno tiene un juego que hace siempre. Es el juego de las preguntas. Hace una pregunta feroz, una pregunta bestia. A mí me preguntó mi posición sexual favorita, si me había acostado con una mujer, si le había sido infiel a mi marido. Esas cosas. Imagínense, me las hacía un hombre que acaba de conocer. Esto lo repitió más veces. Yo traté de que Bruno no crea que esto era una relación de amistad. Hubo muchos momentos incómodos. Intenté reflejar esa incomodidad en el libro. Y sí, estoy muy expuesta, pero no en plan inmolación».

Guerriero, con su trayectoria y prestigio como cronista, confiesa algo impensado: «Soy una mala preguntadora». No dice entrevistadora, dice preguntadora. No es buena a la hora de preguntar, cuenta. Claro, su trabajo no es el de buscar buenos textuales o frases potentes, sino el de capturar el paisaje, la escena, el hilo de la conversación, el tono, la profundidad de las confesiones. «Yo me regodeo en la glosa, evito los diálogos, aunque este libro puntualmente se hizo a partir de cientos y cientos de diálogos», comenta.

¿Cómo definir, entonces, ahora, a alguien como Bruno Gelber, considerado por la prensa especializada como uno de los cien mejores pianistas del siglo? «Bruno es siempre en relación a alguien, nunca supe cómo es Bruno en soledad», sentencia. «No quería vulnerar su imagen pero al mismo tiempo la mejor forma de humanizarlo era contando que estuvimos buscando un pedazo de budín toda la noche porque Bruno creía que en su casa había actividades paranormales y algo había abducido un pedazo de budín que había en el plato. O contando que le gustaba la farándula, o …»

De pronto, ante el silencio atento de los espectadores, Leila eleva el tono de su voz y dice: «¡Hola! ¡Llegó el nuevo público!» Unos perritos, aparecen entre los libros. La gente no entiende muy bien. Ella lo aclara. Parece que los animales son su debilidad. Luego de la digresión espontánea, continúa con lo que estaba diciendo, sin perder el hilo:

«… O contando que le encanta mirar la novela. Yo quería hablar de Johannes Brahms y él me miraba como diciendo ‘qué embole, hablemos de Peter Lanzani‘. O que le encantan las gangas. Bruno todo el tiempo compra ofertas. Sus cenas son con vinos marca Calia. No es que sea una mala marca, pero hay mejores. Es un tipo que cuida el dinero, aunque también es muy generoso. Ha pagado cenas para catorce, ha regalado carteras enchapadas en oro».

“Opus Gelber” se presentó en Eterna Cadencia (Foto: Sebastián Lidijover)
“Opus Gelber” se presentó en Eterna Cadencia (Foto: Sebastián Lidijover)

Esto quizás es una infidencia, pero Bruno Gelber vive en Once. Es una torre, bien alta, en Perón y Castelli, donde el barullo de la calle ni se siente. Allá arriba toca su piano como rodeado de nubes. «Si tiene un piano él está bien, es feliz. No tiene ningún prejuicio con el lugar ni el entorno. Sus amigas, señoras de Recoleta, le hacen el chiste de que a lo de Bruno tienen que ir con dos guardaespaldas. A él no le importa». Tras un año de pasar mucho tiempo juntos, llegó la hora del punto final. La última reunión que tuvieron, como dice Leila, «en plan entrevista», se dio así:

—Dije cosas muy peligrosas.
—¿Te arrepentís?
—No, porque igual vas a poner lo que quieras.
—¿Y vos cómo sabés?
—Porque te conozco.

Opus Gelber tiene 25 versiones previas a la final. «Fue el libro más complicado que escribí», confiesa, «por la estructura»: no hay capítulos ni apartados ni nada. Sólo narración hacia adelante. «Cuando encontré ese magnetismo peligroso que él logró conmigo, dije: ya está». Entonces sí. El libro estaba terminado. «Una vida no es un enhebrado de anécdotas, es mucho más que eso», asegura y recuerda historias —aunque las cuente por la mitad, para cercar la intimidad de sus recuerdos— que todos los lectores aquí presentes agradecen. Es una forma de acercarse, no sólo a Gelber, sino también a ella y a su escritura.

¿Y qué dijo él de este libro, de esta biografía que lo retrata? ¿Qué opinión le mereció Opus Gelber a su protagonista estrella? «Le entregué el libro hace un mes y desde ese entonces no hemos tenido contacto», cuenta. ¿Lo estará leyendo y releyendo hasta el cansancio, ahora, en la intimidad de su departamento, en los cielos de Once? ¿Estará pasando las páginas fascinado, sorprendido o enojado?

Son las ocho de la noche y esta tarde húmeda e invernal en el patio de Eterna Cadencia llegó a su final. Tras algunas preguntas del público, Leila agradece a todos los presentes, sonríe con sobrada espontaneidad y dice: «Si me encuentran muerta, ya saben quién fue». Y su risa se mezcla con los aplausos.

 

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